Por: Percy Ac Pangan
Cofundador de NUYAAK, S.A.S de C.V. y BEPS International S.A.
21 de junio de 2026 Para entender el potencial de la Ruta del Cacao y Chocolate en Guatemala, debemos primero despojarnos de la idea de que se trata simplemente de un recorrido para degustar chocolate. Una ruta turística del cacao es mucho más que eso: es un modelo de desarrollo territorial que articula a actores de distintos eslabones de la cadena de valor, desde el productor en la finca hasta el chocolatero artesanal, pasando por procesadores, tour operadores, hoteles, restaurantes y centros de interpretación cultural.
Es, en esencia, un puente entre el mundo rural y el urbano, entre la tradición ancestral y la innovación tecnológica, entre la producción y el consumo consciente. Su propósito no es únicamente mostrar, sino involucrar al visitante en una experiencia vivencial que le permita comprender el ciclo completo del cacao: el cultivo bajo sistemas agroforestales, los procesos de poscosecha que definen la calidad del grano, la transformación en chocolate y, finalmente, el maridaje con la gastronomía local y la cultura ancestral. Es un viaje que conecta el sabor con el territorio, y el placer con el conocimiento.
Cuando hablamos de construir rutas turísticas, estamos hablando de crear ecosistemas económicos resilientes, donde el turismo se convierte en un catalizador para fortalecer cadenas de valor, mejorar la gobernanza local y, sobre todo, valorar la identidad cultural de los pueblos. Este es el enfoque integral que se comienza a impulsar, entendiendo que el éxito no radica en acciones aisladas, sino en la articulación estratégica de todos los actores involucrados.



















Guatemala ha vivido en la última década un despertar contundente en el subsector del cacao. Se ha transitado de una visión centrada en la producción de grano básico hacia una comprensión más sofisticada del potencial genético y cultural del país. El desarrollo tecnológico ha sido clave: se ha valorado la genética única, se han implementado sistemas agroforestales sostenibles que protegen los ecosistemas y se han optimizado los procesos productivos para ser más eficientes.
Los productores, aunque aún enfrentan brechas importantes, han dado pasos significativos en el mejoramiento de su producción. Comienzan a generar volúmenes que permiten no solo la comercialización de grano, sino también el procesamiento primario. La inversión en infraestructura de fermentación y secado, adaptada a los contextos particulares de cada finca, ha elevado la calidad del cacao guatemalteco al punto de obtener reconocimientos internacionales. Hoy se cuenta con una base de catadores entrenados en evaluación sensorial y un creciente número de chocolateros que están diversificando sus productos, más allá del tradicional chocolate de bebida, incursionando en bombones, barras, insertos y coberturas.
Este avance ha traído consigo nuevos desafíos: el desarrollo de protocolos y trazabilidad, la implementación de sistemas de inocuidad, el fortalecimiento del emprendimiento y la inserción en mercados más exigentes. En pocas palabras, se han construido los cimientos de una industria que ya no solo produce, sino que transforma con calidad y visión de futuro.
Precisamente, es en este punto donde el turismo emerge como un sector estratégico. Porque no se trata solo de producir cacao de calidad, sino de generar experiencias que conecten a los consumidores con el origen del producto, que les permitan entender el esfuerzo, el conocimiento y la cultura que hay detrás de cada tableta de chocolate. La convergencia entre el sector cacaotero y el turístico es natural: ambos se nutren de la autenticidad, la sostenibilidad y la diferenciación.
Guatemala ya está dando pasos en esta dirección. Regiones productoras y procesadoras como Alta Verapaz, Escuintla, Guatemala, Izabal, Quetzaltenango, Retalhuleu, Petén, Sacatepéquez y Suchitepéquez han comenzado a promocionar sus productos turísticos contextualizadas en la Ruta del cacao y chocolate.
Sin embargo, el camino no está exento de retos. Los productores, procesadores y chocolateros no son, en su mayoría, actores con formación en servicio al cliente, gestión turística o comercialización digital. Se hace necesario un proceso de capacitación que les permita ofrecer experiencias de calidad, planificar la actividad turística en sus territorios y mejorar las condiciones de infraestructura para recibir visitantes. Esta es una de las brechas más importantes que deben abordarse.
Al mismo tiempo, se debe ser inteligente en la construcción de la oferta. No se trata de inventar nuevos circuitos turísticos desde cero, sino de diversificar y enriquecer los ya existentes. Los destinos ancla del país ya tienen rutas consolidadas; lo que se necesita es insertar la experiencia del cacao y chocolate como un valor agregado que amplíe la estadía y la satisfacción del visitante. Una ruta turística eficiente aprovecha la capacidad instalada, la complementa y la fortalece.
La Ruta del Cacao y Chocolate es un espacio de convergencia de múltiples actores: productores, transformadores, chocolateros, tour operadores, agencias de viajes, hoteles, restaurantes, museos, guías de turismo y, por supuesto, los actores de apoyo. Aquí se encuentran entidades nacionales e internacionales que regulan y promueven el turismo, entidades de financiamiento y organizaciones cooperantes que han mostrado interés en el desarrollo de este tipo de iniciativas.
Uno de los mayores desafíos, pero también una de las mayores oportunidades, es fortalecer la gobernanza y la articulación entre estos actores. El sector cacaotero y el sector turístico han operado históricamente en mundos paralelos. Construir puentes entre ellos, fomentar el diálogo y establecer alianzas estratégicas es indispensable para que ambos se beneficien mutuamente y avancen como país en esta ruta.
La sostenibilidad, sin embargo, no puede entenderse únicamente en términos económicos. La dimensión ambiental es crítica: los sistemas agroforestales del cacao son guardianes de la biodiversidad y sumideros de carbono, y deben ser valorados y protegidos. La dimensión social es igualmente importante: se debe asegurar la inclusión de las comunidades, el respeto a los conocimientos ancestrales y, sobre todo, el relevo generacional. Las nuevas generaciones deben encontrar en el cacao y el turismo una fuente de orgullo y una oportunidad de desarrollo, no una tradición que se abandona.
Agradecimiento por revisión a: Euda Morales y Irma Lira